UNA ESTUPENDA MAMADA
Pasaban pocos minutos de las tres de la madrugada cuando decidí salir de la sauna y volver a casa. No estaba muy seguro de porqué hacía unas dos horas me había encerrado allí dentro, pero, la verdad, es que no me había comido una rosca. Cuando salí a la calle hacía un poco de frío y la humedad en el ambiente parecía predecir lluvia. No se veía un alma por la calle, así que
empecé a caminar. De repente, alguien, desde detrás, a quien yo no había visto, se dirigió hacia mí y me preguntó:
- "¿Cómo estaba la sauna? ¿Había gente?"-
Yo me quedé quieto, sin saber qué decir en un primer momento. El chico que me había preguntado aquello aparentaba unos 25 o 26 años, alto, moreno, con ojos grandes y un rostro agradable.
- "Pues no, la verdad. Por eso me he ido"-, contesté.
Yo, que me había quedado quieto al oírle, hice el gesto de girarme y seguir mi camino, pero él también empezó a caminar a mi lado y a hablarme.
- "¿Vaya, qué lata! ¡Me hubiera apetecido hacer algo esta noche...!-, dijo.
Siguió caminando a mi lado, y cuando llegamos a mi coche, me volví hacía él, aunque entonces, creo que a mi también me había excitado mucho la posibilidad que pasara algo con aquel desconocido. Justo entonces empezó a llover, no muy intensamente, pero lo suficiente para que él me pidiera que le acercara a su casa. Por supuesto, le dije que sí.
Sentados dentro del coche, él me preguntó nombre y en qué trabajaba. Le dije que mi nombre era Ángel, y que era profesor en un instituto. Claro está, le devolví la pregunta:
- "Soy empresario. Tengo un taller de confección de ropa interior masculina"-, dijo.
Me eché a reír, y le pregunté si seleccionaba y ajustaba personalmente la ropa a sus "modelos". Muy serio, me dijo que era cierto, y que si quería comprobarlo, que le enseñara mis
calzoncillos, y que ya vería como era un verdadero especialista. A estas alturas, yo estaba ya calentísimo, y mi polla se había endurecido dentro del pantalón. Me desabroché lentamente el cinturón y tiré hacia abajo el pantalón. Él enseguida puso suavemente su mano izquierda sobre mi calzoncillo, y empezó a acariciarme lentamente, apretando cada vez más mi polla. Poco a poco fue deslizando su mano hacia el ombligo, y luego volvió a descender, penetrando entre la comisura de la prenda hacia su interior. Yo
empecé a respirar muy rápido. Los cristales del coche aparecían ya con vaho que convertía el interior en algo más "íntimo" en pleno centro de la ciudad. Él me sacó la polla de su prisión y empezó a meneármela, muy despacio pero firmemente. Con la mano libre se sacó su polla. Era bastante grande, de unos 21 o 22 centímetros. Me fui acercando hacia su boca y lo besé con suavidad en los labios. Luego fui metiendo mi lengua en su boca, saboreando su lengua... pero había algo más abajo que me llamaba y yo acudí. Allí estaba su preciosa polla, dura e hinchada, lista para ser mamada por mi. Me metí aquel pedazo de carne en la boca y lo fui chupando como mejor sé hacer. Mis labios parecían una funda que iba descendiendo y subiendo por aquel tronco durísimo, entreteniéndome en el glande, repasando cada pliegue... Sin verlo, yo adivinaba su cara extasiada, y oía pequeños quejidos de placer, apenas ahogados. En un cierto momento, su respiración paró, y creí
oír el sonido que hace una mano fregando un cristal. Entonces dijo algo:
- "Oye, acaba de parar a nuestro lado un coche de la policía y creo que están mirando. No te levantes",.
Yo me asusté, todavía con su polla erecta metida en mi boca, pero, asombrosamente, no me levanté ni paré, al contrario... Comencé a aumentar el ritmo. En mi cabeza surgían imágenes de la puerta abriéndose con un
policía fuera gritándonos: "¿qué hacen ustedes ahí dentro?", deteniéndonos y llevándonos a
comisaría. Esa idea me puso aún más cachondo, y continúe chupando su polla como un poseso. En un cierto momento paré un solo instante y con el rabillo del ojo pude ver por la ventana el coche de
policía a un escaso metro, ahí parado, sin moverse, aunque me daba cuenta que el semáforo de delante se había puesto en verde ya un par de veces.
La mano de David me volvía a empujar hacia su hambrienta polla y volví a metérmela dentro de la boca y a mamarla
con fruición. Noté en unos instantes como llegaba al clímax, como su polla se hinchaba y como, de repente, empezaba a manar de su interior un chorro caliente y espeso de leche, que retuve dentro de mi boca y fui tragando como podía. Mientras pasaba mis labios por toda su polla y sus huevos, limpiándola de todo resto de la tibia leche, oí como el coche de
policía arrancaba y se alejaba.
Nos volvimos a vestir y yo lleve a David a la dirección que me indicó. No nos dimos los teléfonos ni nada de eso, ni volvimos a vernos, y nunca sabremos si los
policías del coche nos veían o no, pero, sin dudarlo, fue una estupenda
mamada.
Autor: Pnix