MI PRIMER ENCUENTRO CON JAVIER
No recuerdo perfectamente la primera vez que gocé con un
macho. Y digo "perfectamente" porque luego de aquel primer encuentro llegaron otros y
otros y muchos más. Primero como un simple aprendiz, a verlas venir, esperando que cualquier tío bueno se desahogara, generalmente porque no
podía echar a mano a una hembra complaciente. Lo cierto es que desde los
catorce años, más o menos, he notado que atraía a los hombres. Tal vez
porque siempre he sido un joven bastante atractivo, con poco vello, de piel
sonrosada y cara rubicunda. Siempre he vestido ligero de ropa y despreocupadamente, con
pantalón corto y sandalias a poco que el tiempo lo
permitiera. Por ello, y salvo mi etapa en el servicio militar, donde perseguí sin piedad a un chico que me la ponía tiesa en la ducha, yo era el
que me tenía que quitar a los tíos de encima, aunque difícilmente cerraba mi
culo a los encantos de una picha bien enseñada.
La primera polla que pude disfrutar fue la de mi amigo Javier. Entonces tendríamos unos dieciséis años. Javier es sólo unos meses más joven que yo.
En aquélla época siempre había soñado con su pequeña picha (todavía, diez
años más tarde, la tiene pequeña). Cuando se desenfundaba su aparato para
mear, me encantaba cómo apuntaba la pistola y cómo se la sacudía luego,
mostrando alguno de sus huevos. Cuando íbamos a bañarnos al pequeño pantano
del pueblo, me calentaba sobremanera observarlo tendido sobre el suelo de
cemento, a la orilla del agua. Procuraba ponerme a sus pies para poder descubrir sus huevos, a través de aquél pantalón de deporte sintético sin
forro interior, cuando abría sus hermosas piernas. Me deleitaba con aquél
cuerpo y lo hubiera adorado desde las desnudas plantas de lo pies hasta la
lengua.
Un día, aprovechando que mis padres estaban de viaje, quedamos en mi casa
para echar una partida al monopoly. Como era verano vestíamos ropa ligera,
con pantalones cortos y sandalias. En el transcurso del juego, Javier me
preguntó si tenía muchos pelos en los huevos.
-La verdad es que nunca te he visto la polla - me dijo. - ¿Porqué no me la enseñas? Tú siempre me estás mirando cuando meo y cuando nos bañamos.
Yo me sonrojé. Ya estaba descubierta la atracción que sentía por él.
-¿No te gustaría chuparme los huevos?- me dijo, dibujándose en su rostro una sonrisa que hasta entonces no había visto.
Mi sonrojo aumentó, pero entonces sentí dentro de mí un irrefrenable deseo
de que aquél donjuan de 16 años me metiera mano e hiciera de mí lo que le
diera la gana.
Se quitó su pantalón corto y los calzoncillos, enseñándome su polla
morcillona. Se me acercó y, sin cortarse un pelo, me bajó los pantalones y
los slips.
-¡Qué buena picha tienes!
La descapulló y se la metió en la boca. Nos tendimos en el sofá, quitándonos el resto de ropa que sobraba. Busqué ansiosamente aquella polla
que tanto había saboreado en mis sueños y me coloqué sobre mi amante, en un
69, sin que él se privara de mi picha.
Qué sonrosado y que hermoso era su glande. Con qué facilidad se descubría.
Hasta entonces no me había dado cuenta de lo suave que puede ser la piel de
falo y lo agradable que resulta al tacto un par de huevos que se escapan
entre tus dedos nadando por un escroto ajeno.
Mi lengua comenzó a explorar aquella polla mientras mi huevos buscaban acomodo en la boca de Javier. Me metí el nabo descapullado y empecé a
degustar el sabor ácido de los recodos del glande. ¡Estaba adorando a aquel
macho! Me encantaba disponer de aquella picha ensalivada cuya extensión
recorría con la punta de mi lengua que se hundía en el colchón escrotal.
Mientras el suspiraba de placer yo hacía lo mismo. Su lengua, lentamente, se
fue dirigiendo al canalillo. Yo continuaba atragantándome con aquel rabo,
sacándolo y metiéndolo, jugando con él como siempre soñé.
Quería que la lengua de Javier se introdujera en mi culo sediento. Quizá él
no tuviera intención de metérmela, pero yo quería sentir a Javier dentro de
mí. Moví mi ojete para que él se olvidara de mi canalillo, siguiendo el
curso natural del sexo, y se concentrara en mi hermoso culo. Y por fin pude
sentir como la lengua de mi amante se hacía paso en mi tunel.
Aunque mi culo ya estaba suficientemente dilatado (me había introducido
objetos muy a menudo), deseaba que Javier lo trabajara con la lengua y gozosamente lo abriera más y más.
-Chúpame el rabo, que te lo voy a clavar! -me decía.
Estaba ansioso de ser follado cuanto antes. Temía que Javier se corriera
sin que me hiciera suyo.
Me saqué la polla de la boca y me coloqué de rodillas sobre el sofá.
-Métemela, hazme tu esclavo -le dije.
Mi ojete ya estaba lo suficientemente lubricado con la saliva y conocía
objetos de grosor similar a la polla de Javier. No obstante, él fue al cuarto de baño a untarse crema en la polla. Cuando llegó de nuevo al salón
con un dedo embadurnado, yo estaba abierto de piernas, completamente desnudo, esperando que aquél macho me diera por el culo.
Me introdujo el dedo índice hasta dentro con facilidad y luego el corazón.
Los dedos entraban y salían con comodidad. Me cogió por las caderas, colocándome a la altura adecuada para montarme.
Mi culo empezó a comerse aquella picha y, entrada la cabeza, se la bebía.
-Dame más, dame más, Javier!, -le decía, con los ojos entreabiertos por el
éxtasis.
Sentí una emoción y un placer indescriptibles. Sus huevos pegaban en mis
nalgas y yo estaba tirándome a quién había amado y deseado en silencio.
Sólo tras unos cuantos recorridos de picha empecé a sentir ciertas molestias pero sólo de pensar que alguien pudiera estar viéndonos follar y,
concretamente, a mí recibiendo leche en mi agujero, me borraba toda remota
sensación de dolor.
Tanto disfruté que me corrí de inmediato sin que la mano de Javier apenas
acariciara mi polla. En una de las ocasiones en que la picha de mi amante
estaba completamente calzada en mi culo, lanzó un bramido y me llenó de una
rica leche de enamorados.
Ese mismo día Javier me dejó saborear su culo lo suficiente para comprender
que lo mío era recibir amor en forma de nabo poderoso, leche apetitosa y
sensualmente abierto de piernas.
Autor: Antonio