ACTIVIDADES
EN URUGUAY
Conocí
a Felipe en el gimnasio, cuando empecé a ir. Soy profesor en la
Universidad (me llamo Nicolás) y mi vida era muy sedentaria, tengo
45 años, de 1,86 cm y 80 Kg. Felipe es el instructor de deportes
en el gimnasio. El me enseñó a hacer los ejercicios; de una manera
tan agradable y especial que me gustó muchísimo. Pasó el tiempo
y la relación con Felipe fue estableciéndose; nos hicimos muy
amigos. A causa de mi trabajo, iba en la noche al gimnasio y Felipe
era el entrenador que se ocupaba de cerrarlo. Esta situación nos
llevó a situaciones muy agradables: íbamos juntos a tomar unos
tragos después de la gimnasia o bien, a cenar y hablábamos de
muchas cosas, excepto de aquello que me interesaba: nunca supe
si él era casado o tenía novia, si le gustaban las mujeres ...o
los hombres. Felipe tiene un cuerpo magnífico y, por lo que podía
verle, cuando se ponía sus pantalones cortos, un bulto , en la
entrepierna, de grandes dimensiones.
Por un largo tiempo, nuestra relación siguió así, como una amistad
y pasamos unos encuentros muy agradables.
Por suerte, ocurrió lo esperado.
Una noche, después de la gimnasia, me disponía a ducharme - mi
única vestimenta, en ese momento, era un calzoncillo - vino Felipe,
que estaba vestido con lo mismo.
Hablamos de cosas banales; luego, él me comentó que le dolían
los hombros y se sentó en esos bancos largos que hay en los gimnasios.
Me explicó su dolor porque habían transportado objetos muy pesados
para el gimnasio.
Le dije: "Mira guapo, yo no soy un experto en masajes, pero puedo
intentar imitar los masajes que me han hecho; quizá te den buen
efecto". El aceptó gustoso y, detrás de él, empecé a masajearle
los hombros. Tenía una fuerte contractura y me dediqué con paciencia
a quitársela. Mi masaje en los hombros hizo buen efecto. Para
probar, bajé una mano hasta una de sus tetitas. Se la pellizqué
suavemente y, sólo con gemidos me hizo saber que le gustaba y
yo continué con mis caricias.
Con mi mano, inicié un descenso hacia su bulto (Oh, qué grande
que lo veía y que lo sentí) y, sin pensarlo más le metí la mano
en su pantalón corto y encontré un carajo grande, duro, mojado
y, cambiando mi posición, me puse delante de ese magnífico Felipe,
le quité el pantalancillo, él me ayudó levantando su cuerpo y,
extraordinaria visión, tenía su gran verga a la vista. Por supuesto,
lo primero que hice fue acariciar suavemente ese carajo duro y
esos huevos peludos y grandes que tenía frente a mí.
Mi único deseo, en ese momento, era ponerme esa verga en mi boca.
Fui a buscar ese magnífico aparato , primero chupé la cabeza -
uy, qué rica, cómo me gusta - y Felipe me pedía más y más y más.
De modo que le di más metiéndomela en la boca lo más que pude.
Él gemía y se tocaba los pechos. Yo estiré los brazos y comencé
a darle suaves caricias y pellizcos en sus tetitas ya duras y
puntiagudas. Felipe se retorcía de placer. Yo continué un buen
rato con mis chupadas y lamidas por los huevos.
De pronto, se levantó, yo hice lo mismo y nuestras lenguas se
metieron en la boca del otro hasta la garganta. Me bajó el pantalón
y empezó a tocarme el trasero mientras me decía: "qué divino Nicolás,
cuánto tiempo he esperado este momento; tocarte, abrazarte y besarte.
Cuántas veces te he mirado estas divinas nalgas, no puedo creer
que ahora las tengo entre mis manos". Me pidió que me acostara
en el banco. Le obedecí y, con la boca y la lengua se ocupó de
mi verga, dándome unas chupadas que gocé como nunca. Entonces,
Felipe me levantó las piernas y, manteniéndolas arriba con su
antebrazo, me lamió los huevos; luego, con sus manos, me abrió
las nalgas y me dio un lengüetazo inolvidable en el agujero del
culo. Con esto, empecé a gemir y contorsionarme. Felipe siguió
metiendo lengua y me decía: "qué culo divino, ya me lo imaginaba
pero tenerlo frente a mi cara y darle con la lengua es mejor de
lo que imaginaba". Esto duró bastante tiempo hasta que me dijo
que nunca había chupado un culo tan excitante, que se me abría
y cerraba y me preguntó si yo sentía que me metía la lengua en
el culo. Por supuesto que sentía esa lengua adentro mío y le dije:
"No quieres meterme algo más duro y grande que tu lengua". Él
siguió el juego y me preguntó muy cachondo "qué quieres? Más grande
y duro que la lengua, tengo, por ejemplo, mis dedos". Le dije
que no pensaba precisamente en los dedos y, siguiendo el juego,
Felipe me dijo que si yo no estaría pensando en esa cosa dura
que tenía en el bajo vientre .
Mi respuesta fue "sí, quiero tener esa verga en el culo". Al tiempo
que decía eso, busqué un preservativo en mi bolso, que lo tenía
al lado, y le dije que le iba a forrar la verga. Felipe se prestó
encantado a mis manipulaciones. Saqué una crema de mi bolso y
se la unté en su herramienta.
Lo que siguió es imaginable, aunque quiero contarlo.
Felipe me puso su verga en la raja del culo, me acariciaba la
raja y me decía "te gusta cómo te refriego ese agujero, pronto
vas a tener la verga enterrada en el culo, quieres que te lo abra?".
Le dije que me la metiera despacio, para sentir cómo me iba perforando.
A él le encantó y me dijo que quería que yo sintiera cada centímetro,
a medida que me la enterraba en el culo.
Es difícil explicar lo que sentía: tenía una verga enterrada en
el culo, que iba cada vez más adentro; por otra parte, veía a
mi Felipe, rojo de puro caliente, mirándome y, por momentos, diciéndome
lo que sentía: "qué culo divino!, te gusta como te lleno el culo
con mi verga? Quisiera metértela toda la noche. Dame ese culo,
lo quiero para mí". Mi respuesta estaba de acuerdo a lo suyo;
le pedía que me diera más VERGA, que me hiciera cualquier cosa,
siempre que me la metiera. Finalmente, para los dos, nos vino
el goce final y gozamos como sólo pueden gozar dos hombres.
Felipe y yo fuimos a ducharnos, luego de secarnos y vestirnos,
le propuse ir a mi casa. La historia no sigue igual. Pueden faltar
los masajes preliminares (a veces los necesito yo, a veces los
necesita Felipe), pero lo esencial sigue vigente.
Autor:
H.Vera