A
LOS PIES DE JAVIER
A partir
de aquel primer día de sexo con Javier nada volvió a ser como
antes. Yo sentía verdadera adoración por él, aunque no sé si podría
llamarse amor. Sólo quería estar a solas con él para chuparle
la polla y dejar que me la metiera. Poco a poco fuimos desarrollando
cierto arte para el sexo.
Durante los seis meses en que fuimos novios follábamos diariamente.
Difícilmente podíamos acabar con una corrida porque practicábamos
el sexo en situaciones inverosímiles: me penetraba en los servicios
del instituto, mientras estudiábamos, en el parque, dentro del
agua del pantano mientras nos bañábamos.
Él estaba agotado de mi furor sexual. A veces, sus huevos ni siquiera
guardaban suficiente leche para saborear.
Todos los días a eso de las siete de la tarde, cuando salíamos
del instituto, nos dirigíamos a un pequeño bosque cercano al río.
Nos descalzábamos y con los pies desnudos atravesábamos el río
por uno de sus tramos menos profundos. En un pequeño claro arropado
de árboles y arbustos, todavía con los pies mojados, nos tumbábamos
sobre una toalla que llevábamos. Yo desnudaba mi culo ansioso
y Javier su devoradora y exhausta polla. Normalmente yo me tendía
sobre mi toalla, colocaba los pies sobre los hombros de Javier
y él me cubría, clavándome la picha poco lubricada.
En esas horas dedicadas al amor, cuando estaba cansado de sus
lengüetazos sobre mi cara y mis labios, me colocaba de rodillas
sobre la toalla y él me la hincaba de un solo movimiento de cadera
meneando mi picha con su mano al mismo tiempo.
Cuando nos despedíamos, al anochecer, no sin antes darnos un apasionado
beso de buenas noches, entraba en mi cuarto, me untaba la pomada
refrescante en el ojete y me acostaba en mi cama. No dejaba de
pensar en Javier. Estaba completamente encoñado con él.
Su cabello castaño suavemente ensortijado en las puntas, sus finas
facciones, sonrosados labios, un cuerpo bastante bien construido,
desprovisto de vello, en fin, todo él, era apetecible. En aquellos
momentos no se me pasaba por mi imaginación la posibilidad de
traicionarle con otro tío. La idea de que él fuera mi único amante,
mi rey, mi dios, de que sólo él tuviera acceso a mi ojete, por
ahora me bastaba. Tal vez él no fuera la persona que yo hubiera
deseado en uno de mis calenturientos sueños. Más bien soñé con
un chico de piel oscura, oliendo a macho, con un trozo de carne
lasciva entre las piernas. Javier en cambio era un chico dulce,
que me la mete con cariño disculpándose con la mirada cuando arremete
con un poco de fuerza. Él no era ese macho que me coge por las
caderas y me calza una polla descomunal, mientras me retuerzo
de dolor y los huevos me golpean los glúteos como dos badajos
de una gigantesca campana y cuando me ha abierto el culo a pollazos
me lo llena de leche sin plantearse si es o no peligroso no usar
condón.
Por ahora esta situación me gustaba, Javier satisfacía mi deseo
y me excitaba pensar en sus 12 ó 13 cms. de instrumento. Se dejaba
querer, besar, acariciar y estaba abierto a cualquier rareza que
se me ocurriera.
En una de aquellas ocasiones en que no había nadie en mi casa,
nos dimos un baño, de esos en que uno acaba relajadísimo, no tanto
por el sopor del agua caliente, sino por la liberación de leche,
pasión, y esfínteres al contacto
del agua. Dentro de la bañera, trabajé con ahínco el culo de Javier,
que escarbé sin piedad con mi lengua al son de sus gemidos, para
rematarlo con la intromisión de mi polla. Una vez corridos, Javier,
con el cuerpo mojado, se tendió sobre la cama de matrimonio de
mis padres. Sin duda, esa era una de las imágenes que más me gustaban
de él. Totalmente desnudo, desfogado de placer por delante y por
detrás, donde su culo lentamente volvía a su cerrazón habitual,
me mostraba esa picha morcillona y una pierna ligeramente doblada.
Y sus pies descalzos, con sus plantas todavía húmedas y sus hermosos
dedos desnudos mirando hacia el techo. Yo amaba aquél pedazo de
efebo, desde abajo hasta arriba y la idea de adorarlo y lamerlo
con mi lengua, por todo su cuerpo me extasiaba. Llegué hasta
la cama y, vigilado por sus ojos avellana, comencé a lamerle la
planta de su pié derecho.
-Sí, sí..., chúpame los piés. ¡Uumm!, ¡Uuuuumm!. ¡Qué gusto!
Él deseaba hacer lo mismo con los míos. Pero yo no le dejé. Solamente
yo quería ser su esclavo. Su talón estaba delicioso, su sabor
era el de toda la lascivia que me regalaba cuando me calzaba su
polla dentro. Su puente, era el precipicio que me conducía a la
postración y a la humillación más placentera. Luego avancé sobre
sus dedos que se movían entre gemidos y olores a sexo. Mi lengua
se hacía surco entre los dedos que se abrían lo mismo que mi ano
que ya esperaba la embestida de dios. Dos dedos en mi boca envueltos
en saliva, otro lengüetazo a la planta, luego un al empeine, a
las uñas... Javier se corrió de gusto, lanzando su ¡aaaagh! característico.
Supuso una pequeña desilusión porque deseaba que mi macho me cubriera.
Como él había tenido su ración de éxtasis, cogí sus nalgas, eché
mano al lubricante, y lo enfilé a cuatro patas por segunda vez
en una hora. Eyaculé tan poca leche que dudo de que Javier se
enterara de algo más que de la follada.
Luego, abrazados nos dormimos con las manos posadas en la polla
del otro.
Desde aquél día siempre he adorado a mis amantes de la cabeza
a los pies.
Autor:
Antonio